Interés General

Llegó la hora del consumo responsable

16 de Julio, 2018 | por CARLA GAGO DE CONEXIONCORAL.COM
Nos hemos convertido en consumidores extremos y a tiempo completo. Queremos todo y lo queremos ya. En las últimas décadas, el consumismo se ha metido con fuerza en nuestras vidas y ha forjado la identidad de esta época. Sin embargo, son muchos quienes desde el pensamiento crítico deciden renacer como actores conscientes y empoderados. Qué es el consumo responsable y cómo llevarlo a la práctica.
Ilustración: Juan Dellacha @juandellacha.ilustra

“Mundo consumo” se titula una de las obras del fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Allí, el autor ahonda en el concepto de modernidad líquida, entendida como el momento sociocultural que atraviesa la pos modernidad, marcada por vínculos humanos que lejos de erigirse sobre bases sólidas encuentran una vida útil efímera y endeble. En este escenario cambiante y vertiginoso, el ser humano padece una creciente adicción por la satisfacción inmediata y manifiesta una conducta de consumo frenético.

“La nuestra es una sociedad de consumo: en ella la cultura, al igual que el resto del mundo experimentado por los consumidores, se manifiesta como un depósito de bienes concebidos para el consumo, todos ellos en competencia por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los potenciales clientes, empeñándose en captar esa atención más allá del pestañeo”, dice Bauman.

En este sentido, el consumo es parte de un complejo e intrincado engranaje económico, político y social que ha imperado, esencialmente, en el mundo occidental. En pleno auge de la globalización, el marketing, la publicidad y la tecnología, asistimos al desarrollo de una cultura de excesos y descartes que toca la fibra más sensible de la naturaleza humana y juega permanentemente con la satisfacción de las necesidades.

Bajo la lógica ilusoria del “más es más”, ahora llenamos el armario de prendas costosas pero glamorosas, cambiamos el celular todos los años para seguir trepando la montaña de la vanguardia, y nos desesperamos por ser los primeros en tener el último gadget para no retroceder casilleros en la cadena evolutiva del estatus y reconocimiento.

“Hemos globalizado completamente un insostenible modelo económico de hiperconsumismo. Ahora se disemina exitosamente por el mundo y nos está matando”, sostiene Naomi Klein, periodista y activista canadiense mundialmente reconocida por su mirada crítica al capitalismo y la globalización.

Fue en la década de 1960, y en el marco de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD por sus siglas en inglés), que comenzaron a esbozarse los primeros lineamientos de lo que hoy se conoce como comercio responsable y justo. De esta manera, desde organizaciones de la sociedad civil, organismos internacionales y diversos movimientos sociales se impulsó una nueva forma de abordar la dinámica del consumo haciendo especial hincapié en su impacto desde una perspectiva social y ambiental.

Hoy, la temática del consumo es parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y de acuerdo a la Agenda 2030 de Naciones Unidas abarca la gestión eficiente de recursos naturales, los efectos ambientales y la liberación de contaminantes. Para alcanzar el objetivo, tanto el sector público como el privado deben trabajar de manera conjunta.

¿Es posible, entonces, instaurar un modelo de consumo que apele a la conciencia y racionalidad humana, que contrarreste la conducta de quererlo todo sin cuestionar si realmente es necesario? Creemos que sí. Veamos algunos caminos posibles.

Mercados, ferias y talleres: lugares para (re) pensar el consumo

“Generamos espacios de encuentro entre productores y consumidores, logrando que el consumidor compre de manos directas del productor y pueda, además, conocer cómo se producen sus alimentos, quiénes los producen y de dónde vienen”, afirma Angie Ferrazzini, fundadora de Sabe La Tierra, ONG argentina que promueve la gestión de una cultura consciente y sustentable basada en la producción local y en el cuidado del ambiente.

La organización cuenta con cuatro mercados ubicados en las localidades de San Fernando, Vicente López, Palermo y Balvanera y es referente en la materia. ¿La propuesta? Enriquecerse a través del contacto directo con los productores y consumidores. “Es la relación humana más allá de la compra. Nosotros proponemos el encuentro y tomamos conocimiento de que otra forma de producir y consumir es posible. Cuando alguien compra en nuestros mercados es protagonista al elegir a quién comprar y a quién apoyar de manera consciente”, agrega Ferrazzini.

Establecer un punto de reunión entre quienes buscan redirigir sus elecciones de consumo y quienes ofrecen alternativas que apelan a un cambio de paradigma es el punto de partida que pone en marcha una transición hacia un cuidado integral del ser humano desde lo concreto y lo conductual.

“El modelo se está dando solo. La tendencia es comprar a productores en cercanía. Estamos hablando de un cambio de conciencia fuerte y colectivo. De a poco, cada vez más personas buscan productos orgánicos, se suman a ser productores y hacer nuevos proyectos. Es cuestión de tiempo”, cuenta Fiorella Mazuco, fundadora y directora de Camino Verde, plataforma que conecta productores, consumidores, distribuidores, comercios, educadores e instituciones de manera accesible y práctica.

Con sede en Uruguay, desde 2012 realizan ferias, talleres y conferencias en distintos puntos del país. “En cada feria se vive una sensación de esperanza, reunimos muchas personas que actualmente se involucran y hacen cosas por el cuidado personal y el ambiente. Todos tiramos de la misma cuerda”. Para Mazuco, la información es esencial. “Yo hoy prefiero darle la plata a un productor orgánico que a un agronegocio. No quiero estar enferma por productos que consumí. Si las personas estuvieran informadas sobre los efectos de comer alimentos con pesticidas, no tendrían ni que dudarlo”.

Sin dudas, la educación es una piedra fundacional. Es en los pequeños cambios donde emerge la figura de un consumidor más comprometido que hoy elige tomar decisiones asertivas guiado por el deseo de generar un impacto positivo en su entorno. En el proceso de redefinición de conductas, el nuevo consumidor es un multiplicador clave que enseña a través de la acción y el ejemplo.

“Ser un consumidor responsable es ejercer ciudadanía, es asumir un rol protagónico y político para transformar la manera en que consumimos individual y colectivamente”, afirma Gustavo Slafer, coordinador del área de Sustentabilidad para niños y adolescentes del Programa ConSuma Dignidad. La iniciativa es impulsada por Amartya, asociación civil que promueve el desarrollo sustentable mediante la articulación de los sectores público, social y privado en Argentina.

Hace una década que el programa lleva adelante tareas de concientización dirigidas a jóvenes de entre 15 y 18 años sobre el rol que ocupan como consumidores responsables y sobre la relevancia de los cambios de hábito en la construcción de una sociedad más sustentable y equitativa. Propone, entonces, una nueva forma de concebir el consumo desde una perspectiva de justicia social, cívica, económica y ambiental.

“La escuela no proporciona un abordaje holístico sobre el consumo y tampoco cuestiona la noción de desarrollo. En general, se vincula el consumo a ideas de progreso y de exceso, pero difícilmente se lo relaciona con la desigualdad social, la pérdida de biodiversidad y la concentración económica. Desde ConSuma Dignidad fortalecemos la idea de que el presente es el lugar de transformación y que la opinión de los jóvenes, sus intereses y sus acciones moldean no solo el día a día sino también el futuro”, explica Slafer.

El reparador como artífice de un nuevo modelo de consumo

En la economía tradicional, cuando un producto llega al ocaso de su vida útil se lo descarta y reemplaza por uno nuevo. En este ciclo de nacimiento-crecimiento-madurez-declive no se contempla qué sucede una vez que el objeto deja de cumplir con la funcionalidad que le fue asignada en su origen, asumiéndose su salida de circulación y posterior eliminación.

Bajo la sombra del fenómeno de la obsolescencia programada, el mercado ofrece productos de menor calidad y durabilidad forzando indirectamente al consumidor a realizar nuevas compras. Al mismo tiempo, en el marco del paradigma de la economía circular, el ciclo ha cambiado y, en este contexto, ha renacido la figura del reparador.

“Cuando distribuimos las responsabilidades es preciso preguntarnos a quién le corresponde hacerse cargo de cada parte. ¿Se le tiene que pedir a los gobiernos que se encarguen de clasificar estos materiales, pagar por la recolección y su posterior comercialización? ¿Es el vecino el que tiene que acercar sus residuos a un espacio? ¿Acaso no son las empresas que ponen los productos en el mercado, toman las decisiones en la fase de diseño y eligen los materiales para la producción, quienes deberían ocuparse y pensar en el ciclo de vida completo de esos productos?”. Estas son todas preguntas que se hace Melina Scioli, fundadora de Artículo 41 y Club de Reparadores, organización que promueve la reparación, la minimización de los residuos y la cultura del cuidado.

Desde 2015 organizan eventos comunitarios con la consigna de construir comunidad y fortalecer vínculos a través del trabajo conjunto de reparación y recuperación de objetos. Los beneficios son múltiples: se revaloriza el oficio del reparador, nos hacemos bien a nosotros mismos y al ambiente, evitamos el descarte y la generación de residuos. De esta manera, se redefine nuestra relación con lo potencialmente desechable y reseteamos los ciclos de vida de los productos.

Gobierno, producción sustentable y gestión de residuos

Si bien la incorporación de hábitos sustentables y la transición hacia una nueva forma de vivir el consumo tienen su génesis en un cambio a nivel de conciencia del individuo, es necesario políticas públicas que acompañen y respalden este proceso.

“Por una parte, deben establecerse bien las condiciones ambientales en las cuales pueden operar los distintos tipos de emprendimientos y luego, controlar el cumplimiento de los criterios establecidos. Desde el lado de la promoción, existen diversas estrategias como ser incentivos económicos a través de la disminución de determinados impuestos o el impulso de compras públicas sustentables”, explica María José González, coordinadora de Proyecto BIOVALOR, una iniciativa del gobierno uruguayo con financiamiento del Fondo del Medio Ambiente Mundial de Naciones Unidas que se centra en la transformación y valorización de residuos agroindustriales. El proyecto es llevado adelante por los Ministerios de Industria, Vivienda y Ganadería y provee información técnica vinculada a los residuos generados a nivel nacional e impulsa el desarrollo de la economía circular mediante la organización del primer Foro de Economía Circular de América Latina.

“Los productos que compramos suelen tener un exceso de embalaje y no siempre el material utilizado permite su adecuada gestión posterior. Por lo tanto, para empezar a discutir cómo impulsar el consumo responsable, entiendo que deberíamos comenzar por diseñar productos que analicen los aspectos ambientales a lo largo de todo su ciclo de vida, tomando decisiones que permitan una mejora real de la gestión de los residuos generados”, sostiene González.

Ahora, ¿qué sucede específicamente en el caso de los productos eléctricos y electrónicos? Según datos de la ONU, en América Latina y el Caribe se produce un volumen de casi 540.000 toneladas diarias de basura electrónica y se calcula que, para el 2050, la basura producida en la región llegue a las 671.000 toneladas cada día. ¿Una posible salida al problema? Países europeos, y también de la región, como Brasil, Colombia, Uruguay y Chile, ya cuentan con leyes de responsabilidad extendida del productor. ¿En qué consiste este tipo de medidas? Se trata de extender las responsabilidades de los fabricantes del producto a varias fases del ciclo total de su vida útil, y especialmente a su recuperación, reciclaje y disposición final.

Si bien las normativas pretenden reducir el impacto ambiental y fomentar una gestión de residuos más eficiente, es claro que la problemática debe abordarse de manera integral desde las primeras instancias productivas y no cuando la situación de la disposición final de los residuos se torna insostenible. Y esto es aplicable a todo tipo de residuos.  

Nuestras elecciones de consumo gritan verdades que nos marcan a nivel individual y colectivo. En ellas descansan aquellos pequeños grandes actos de rebeldía ante las formas tradicionales de “ser” y “hacer”. Un consumidor que (se) pregunta es un consumidor que desafía el statu quo del orden establecido. Es un actor en movimiento que reflexiona antes de subirse a la montaña rusa del consumo desmedido. Si somos lo que consumimos, siempre podemos ser mejores. Por nosotros y por los que vienen.

 

 

 

 


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