Cultura

La aldea de Kalanga

26 de Julio, 2018 | por Esteban Mazzoncini
“Todos los que viajan a Ssese Island ya pueden subir”, gritó un adolescente que vestía musculosa, short y ojotas llenas de barro. Me ubiqué al lado de una ventana pensando que de esa manera podría disfrutar del paisaje con mayor tranquilidad.
Texto y dibujo: Esteban Mazzoncini

A mi lado se sentó Ashanti, una niña de ojos negros intensos y mirada dulce. Saboreaba un helado que de a poco se le iba derritiendo entre los dedos de la mano y su vestido floreado. Hablaba como si fuéramos viejos amigos, como si nos conociéramos de toda la vida. Cada tanto me tocaba con su mano pegajosa y señalando la costa decía: “Ninaishi huko, ninaishi huko”. Finalmente comprendí el significado de sus palabras en suajili. “Vivo allá, vivo allá”.

El viaje en ferry se hizo más corto de lo pensando y mientras pensaba en cómo sería su casa, su aldea, si iría a la escuela o tendría amigos, la gente comenzó a levantarse, a poner los bolsos sobre sus cabezas y a empujarse para bajar más rápido. Cuando quise guardar la cámara de fotos me di cuenta que Ashanti se había quedado dormida y además, de que viajaba sola. La desperté para avisarle que habíamos llegado y despedirme. Fue ahí cuando sacó un papel de su bolso y se puso a dibujar.

La luz del atardecer no fue la única compañía que tuvimos apenas pusimos un pie en la isla. También nos recibieron los mosquitos, el intenso calor y el sonido de unos tambores sonando a lo lejos. Ashanti tomó el papel con su dibujo, me lo mostró y me indicó un pequeño sendero que se abría detrás de unas palmeras. Algo me hacía pensar que lo mejor estaba por llegar, así que decidí seguirla. Después de caminar un rato largo y con la luz de la luna asomándose a nuestras espaldas, escuché el murmullo de varias personas.

Habíamos llegado a Kalangala, una pequeña comunidad ubicada al norte de la isla. Ashanti no solo me presentó a su familia, sino que se encargó de encontrarme un lugar donde pasar la noche. Por la mañana descubrí que sus casas estaban pintadas de colores intensos, que las raíces de los árboles eran tan grandes que los chicos jugaban a hacer equilibro sobre ellas y que en la orilla del lago los pescadores pasaban horas arreglando sus viejas redes.

Se suponía que me quedaría uno o dos días, pero ver cada tarde los barriletes pintando el cielo como si fuera un ritual hizo que me quedara más de la cuenta.

El día de mi partida Ashanti se acercó para despedirse. De su bolso sacó un papel arrugado. Lo miré con atención y al verlo pintado supe que era su pueblo, su comunidad. Su vida. Viajé por el resto de Uganda con ese regalo sabiendo que al llegar a casa tendría una nueva historia para ilustrar, la aldea de Kalanga.

  • Esteban Mazzoncini es fotoperiodista, escritor y autor de los libros Un viajero curioso y Desafía tus rutas. Desde hace 27 años se dedica a documentar el mundo para demostrar que las fronteras solo están en los mapas. Trabajó para el diario La Nación, la revista Lugares, Naciones Unidas y colaboró con Aina Photo en Afganistán, una ONG de National Geographic. Después de cada viaje pinta algunas situaciones vividas. Comparte sus experiencias, tips y talleres de fotografía en su blog www.unviajerocurioso.com

 


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