Cultura

Un oasis de paz y esperanza en el medio del desierto

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16 de Enero, 2017 | por Sasha Pesci
Somos constantemente alimentados con noticias sobre guerra, odio, conflicto, crisis económica y problemas ambientales. Los medios de comunicación nos hacen sentir que la mayoría del mundo se encuentra en estado de guerra, que las personas de religiones y culturas diferentes se odian y no pueden convivir, que hay más iniciativas destructivas que constructivas para la sociedad y la Tierra. Somos tan bien informados acerca del racismo, los crímenes y las discusiones entre políticos que nos cuesta imaginar que en el mundo haya más paz que guerra, más amor que odio, más trabajo para la paz que violencia.
Hashem

Si te dijese que existe un lugar en el mundo donde, a pesar de ello, hay una comunidad intencional de jóvenes con gran motivación, que viven juntos con el propósito de estudiar temas relacionados con el ambiente y formas de llegar a la paz, ¿me creerías? Y si te dijese que entre estos jóvenes se encuentran judíos, musulmanes, cristianos, ateos, agnósticos, budistas; de Palestina, Israel, Jordania, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Alemania, y otros países, te costaría creerme incluso un poquito más, ¿no?

Hay un lugar en el desierto del Arava, entre Israel y Jordania, llamado Arava Institute for Environmental Studies, una institución establecida hace ya 20 años, donde jóvenes de diferentes antecedentes culturales y religiosos, y con gran diversidad de ideologías, opiniones políticas y trayectorias académicas y profesionales, logran convivir, estudiar y trabajar juntos. La misión principal de esta organización es avanzar en la cooperación sobre las fronteras, más allá del conflicto político, para que los recursos naturales compartidos por las diferentes partes de la región sean protegidos, para que la escasez de recursos no sea razón de conflicto y para que la cooperación ambiental se convierta en un modelo de cooperación en otras áreas de conflicto.

Estuve estudiando, tomando clases e investigando en este increíble, pero maravilloso lugar por un año. Tomé clases de ciencias naturales y ciencias sociales, todas relacionadas con estudios del ambiente. Al salir de una clase donde aprendía cómo calcular el índice de biodiversidad, ingresaba a un seminario en el que discutíamos los procesos políticos que producen cierta biodiversidad y después iba a trabajar al huerto para la clase de agricultura sustentable. Las clases y los proyectos de investigación están acompañados de un seminario en el que discutíamos diferentes formas de ser líderes ambientales, y otro en el que nos sentábamos tres horas cada semana a hablar de política y compartir nuestras diversas narrativas sobre el conflicto de Medio Oriente.

Te estarás preguntando cómo podían israelíes y palestinos hablar tan tranquilamente de política durante tantas horas. Bueno, como es de esperar, al principio a la mayoría le resultaba difícil escuchar y validar las experiencias y sentimientos del otro, especialmente cuando se trataba de temas polémicos sobre los que las verdades de cada uno eran completamente opuestas. Poco a poco comenzamos a ver la importancia del diálogo y entender que todas nuestras diferentes narrativas son validas. Las discusiones, algunas más ardientes que otras, eran siempre interesantes y nunca llegaban a ninguna solución ni conclusión más allá de comprender que somos diferentes, pensamos diferente.

¿Que si creo que el Arava Institute va a solucionar la guerra del Medio Oriente? Seguramente no. ¿Y la crisis de agua mundial? ¿El cambio climático? Eso menos. Pero el simple hecho de que un lugar como éste existe, crea una sensación de esperanza que todos necesitamos, ya que nos hace ver que la colaboración entre personas más allá de los conflictos políticos es posible. Este ejemplo nos hace ver cómo la colaboración para solucionar problemas ambientales locales se puede usar como herramienta para construir puentes entre grupos de personas que, de otro modo, se percibirían como enemigos mutuos. Y más allá del impacto global que es difícil de cuantificar, está claro que las pequeñas iniciativas de colaboración en investigación sobre los recursos de agua locales y los proyectos de ex alumnos -como la creación de comunidades multi-culturales ecológicas en el área- son granitos de arena que contribuyen a formar lazos entre las diferentes comunidades de la región.

Más allá de las discusiones entre Netanyahu y Abbas, las noticias que recibimos sobre tiroteos y bombas, y los mensajes violentos en redes sociales, por lo menos sabemos que existe un pequeño oasis donde las fiestas incluyen bailes árabes (como dabke), salsa y música de Beyoncé; las comidas comunales tienen Maqluba de pollo y ensaladas de quinoa; las actividades típicas son el yoga, caminatas en el desierto y bioconstrucción en barro; y los temas conversación suelen alternar entre cómo lograr hacer los cálculos de biodiversidad en Excel, quiénes vivían en la Tierra Santa antes y a quién le toca lavar los platos.

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