Alimentación

Gastronomía + educación: promotores de innovación social

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24 de Enero, 2017 | por Carla Gago
“La cocina es un gran laboratorio de alquimia, un lugar sagrado”, dijo una vez la escritora mexicana Laura Esquivel para remarcar la profunda influencia que ésta tuvo en su obra y en su formación como escritora. La cocina es el punto de encuentro de una infinidad de sabores, fragancias y sensaciones que dejan huellas imborrables. Es el lugar donde las generaciones mantienen con vida las tradiciones, donde se transmite, se aprende y se enseña. La cocina es un ámbito de creación, interacción y, también, es una herramienta con el potencial de generar transformaciones a nivel social.
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“La cocina es un gran laboratorio de alquimia, un lugar sagrado”, dijo una vez la escritora mexicana Laura Esquivel para remarcar la profunda influencia que ésta tuvo en su obra y en su formación como escritora. La cocina es el punto de encuentro de una infinidad de sabores, fragancias y sensaciones que dejan huellas imborrables. Es el lugar donde las generaciones mantienen con vida las tradiciones, donde se transmite, se aprende y se enseña. La cocina es un ámbito de creación, interacción y, también, es una herramienta con el potencial de generar transformaciones a nivel social.

En la actualidad, América Latina se ha destacado por su gran nivel de compromiso e innovación social integrando el trabajo de las comunidades, organizaciones de la sociedad civil y gubernamentales en sus distintos niveles. Las escuelas Manq’a son un claro ejemplo de cómo a través de la fusión del arte de la cocina y la educación se pueden gestar oportunidades que promuevan una mejora en la calidad de vida de la población.

El proyecto encuentra sus raíces en el modelo nórdico de alimentación y toma impulso en los años 90 de la mano de Claus Meyer, empresario gastronómico danés, defensor de las costumbres, patrimonio e identidad cultural de los pueblos. Con el firme propósito de revalorizar la diversidad, los productos nativos y la riqueza natural de la Tierra, junto a su fundación MeltingPot decide abrir escuelas de formación gastronómica que ya han titulado a aproximadamente 900 jóvenes, en su mayoría de escasos recursos. En la actualidad, las escuelas Manq’a tienen presencia en Bolivia y Colombia, y se espera que en los próximos años se expandan a otros países de la región latinoamericana.

Los jóvenes que ingresan a las escuelas se encuentran dentro de un rango etario que oscila los 15 y 29 años. Durante los cinco meses de formación se los instruye en comida saludable y se aspira a que ellos mismos comprendan el valor de los alimentos que crecen en su propia tierra. Cada escuela cuenta, a su vez, con una cafetería o un comedor donde se comercializa la comida que elaboran los alumnos, motivo por el cual se los prepara para realizar actividades en la cocina y asistir al personal que trabaja en el lugar.

La importancia de este proyecto reside en su capacidad para alentar el fortalecimiento de las economías regionales, el desarrollo del emprendedorismo sustentable, y por ser una incubadora de oportunidades educativas y laborales que promuevan la inclusión social. De esta manera, se forja una cadena de un valor inconmensurable: el productor local cuida la tierra de los embates de la producción masiva, la trabaja con dedicación, provee los ingredientes característicos de su país a las escuelas y, una vez allí, los alumnos y futuros profesionales gastronómicos los transforman en platos donde convergen años de tradición y cultura.

En Manq’a la cocina es aquel puente que mantiene con vida la historia culinaria de los pueblos, es donde se apuesta a un futuro donde la educación, el espíritu emprendedor y la sustentabilidad vayan de la mano. En Manq’a la cocina es, como dice Esquivel, un acto de amor.


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